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El virus non está desnudando

Nel primo periodo di emergenza coronavirus, ho scritto questo cronaca dall'Italia per la Revista Anfibia della Universidad de San Martín, una delle realtà giornalistiche più importanti del panorama latinoamericano.

***

En Italia se viven días monocordes, sin futuro, hechos por una ritualidad forzada. Los ciudadanos bajo la dictadura del coronavirus esperan litúrgicamente, a las seis de la tarde, las cifras de la actualización de esta pandemia furiosa. La soledad de la muerte adquiere un nuevo sentido. La narración de la vida tiene sus propia estética audiovisual y sus propios “patriotas”. “El virus nos está ayudando a conocer el estado de salud de nuestra sociedad”, escribe Andrea Meccia.

ROMA - Una ambulancia recorre la periferia desierta y soleada de la capital italiana. En su camino, de un altavoz se escucha: 

—¡Atención! Para todos los ciudadanos, la epidemia sigue matando a la población de nuestro país. 

En la ciudad invisible hay solo puestos de control policial y lugares sanitarios de emergencia. Así imaginaba Roma a mitad de los ‘70 el visionario director Elio Petri, maestro del cine político italiano. Estas eran las primeras imágenes de la película Todo modo, grotesco y metafísico apólogo de la Italia que enfrentaba la emergencia del terrorismo político en los años de plomo. 

En estos días de cierre forzado (casi) total por decretos del Gobierno, el lector podría imaginar el skyline de una ciudad italiana cualquiera que lucha contra la emergencia del CoVid-19. Una emergencia sanitaria, económica, productiva y de trabajo que pondría a las instituciones democráticas de rodilla. Para conectarse con el País real, los ciudadanos bajo la dictadura del coronavirus esperan litúrgicamente, a las seis de la tarde, el boletín de la Protección civil. Así la comunidad imaginada italiana se actualiza con los datos de la pandemia. Infectados nuevos y totales, sanados, muertos. Números. Cifras cuyo único contexto de narración podría peligrosamente ser de carácter geográfico-administrativo, o sea de las regiones donde se registraron los casos. Los números nacionales generales del jueves 2 de abril nos dicen que desde el 21 de febrero, día en el que registró el primer caso en Italia, hubo 115.242 enfermos, 18.278 sanados, 13.915 fallecidos, especificando que “este número puede confirmarse solo después de que el Instituto Superior de Sanidad (ISS) haya establecido la causa real de la muerte”. 

La geografía del virus está bastante clara. Según los datos del mismo ISS, las regiones más golpeadas por fallecimientos son las del Norte: Lombardia (63,5%), Emilia-Romagna (14,3%), Piemonte (5,7) y Veneto (4,3%). Las del Sur, menos equipadas para enfrentar la emergencia y donde el virus no se manifestó en toda su virulencia, respiran. De todas las cifras que circulan, los observadores más atentos y cautelosos remarcan la falta de homogeneidad de los datos, subrayando la dificultad de medir el tamaño real de la pandemia y denunciando cómo los medios se han dedicado totalmente a una narrativa de guerra hecha por trincheras, tierras de nadie y enemigos invisibiles.

Día tras día nos damos cuenta del riesgo de incurrir en ese lenguaje beligerante, en sus figuras retóricas. Si es una guerra, hay también que registrar un frente donde se libra otra batalla. En ésta, bailan las sombras de los recortes sanitarios de los últimos años. Las más importantes sindicatos (Cgil, Cisl y Uil) denunciaron “una intolerable situación de escasez e insuficiencia de equipos de protección personal”. El resultado es un país en plena emergencia respiratoria, con un índice de letalidad del virus 9,9% (dato del 24 de marzo) y con un Sistema Sanitario Nacional que intenta manejar una peligrosa falta de oxígeno mientras sigue la pelea sobre los números que certifican esta crisis. Otros países (Cuba, China, Rusia y Albania) envían en Italia médicos y enfermeros, y organizaciones humanitarias (como las ONG Emergency, Médecins sans frontières-MSF, Oxfam) están apoyando el trabajo del personal sanitario en algunos hospitales. Según los datos del anuario estadístico del SSN (actualizado al 2017), hoy hay casi el 40% menos de camas en los hospitales respecto a 1998 (311.000 versus 191.000). Domenico Arcuri, administrador extraordinario del Gobierno para enfrentar la emergencia, anunció a fines de marzo que “los lugares de cuidados intensivos pasaron de 5.343 a 8.370, con un aumento del 64%, de 6.625 a 26.169 camas en neumología y enfermedades infecciosas”.




Lo que más impresiona en esta “infodemia”, en esta circulación excesiva de información que confunde a la opinión pública, es cómo la soledad de la muerte adquiere un nuevo sentido. Puro dato estadístico. Simple evento biológico. La elaboración colectiva del dolor congelada. Los muertos de la época de coronavirus no tienen ritos funéreos. Los fallecidos en general no tienen ni nombre ni cara en el relato de los grandes medios. Quien escapó con menor dificultad a esta normalización de la muerte fue el personal sanitario: los 69 médicos muertos, los más de 8 mil enfermeros y operadores contagiados. En Lombardia, la región italiana “rica, dinámica y desarrollada” por definición, falleció la mayoría de los médicos. Hace días, un diario local -L’Eco di Bergamo- publicaba once páginas de necrológicos para fallecidos, denunciando cómo en la ciudad había una sepultura cada media hora y los hornos crematorios trabajaban las 24 horas sin satisfacer las necesidades reales hasta que una procesión de camiones del ejército italiano tuvo que trasladar a otras ciudades más de 60 ataúdes.

A diferencia de las epidemias del pasado que tenían nombres exóticos (la española, la asiática) o demoniaciones de derivación veterinaria (la gripe aviaria, la gripe porcina), esta pandemia preserva su denominación cientifica y al centro de la narración pública, se decía, pone a los operadores sanitarios bajo una nueva estética audiovisual. Una estética echa por mascarillas protectoras y revolucionada por una nueva proxémica del mundo de la información, la distancia física entre los periodistas y los entrevistados. Estos “patriotas del siglo XXI” implementan a diario el artículo 32 de la Constitución: “La República protege la salud como derecho fundamental de la persona y como interés de la colectividad, y garantiza la asistencia gratuita a los indigentes”. 

El domingo 22 marzo el semanal L’Espresso decidió dedicarle su tapa al personal del sistema sanitario. A través de su lápiz, el viñetista Mauro Biani ya imaginó el futuro: un trabajador de la salud que lucha contra el coronavirus, sin mirada, con la cara cubierta por una máscara y un cepillo en la mano, dibuja los contornos de una pareja finalmente es libre para abrazarse. En rojo resalta la palabra “GRACIAS”. La silueta de los dos jóvenes amantes parece un gesto de normalidad (hoy extraordinaria) y se pone en diálogo con el surrealismo de Los amantes de René Magritte, pintura de 1928. En la imaginación del artista belga, dos amantes se besan con pasión a pesar de que sus caras están cubiertas por una tela blanca que oculta sus rasgos, mutilando sus dimenciones individuales.



Una imagen perturbadora que habla de muerte y de imposibilidad de comunicación. Una infectóloga de un hospital del Norte y su colega de un hospital de Roma hablan sobre ésto. A pesar de las diferencias geográficas y numéricas de la pandemia, para ambas resulta difícil vivir “una relación normal” con sus familias y con sus hijos: tienen que usar baños distintos y dormir en camas separadas. Además, “la comunicación con las familias de los enfermos se realiza necesariamente por teléfono: muchas veces, después de la intubación del paciente, en caso de muerte, los familias ya no verán su querido porque el ataúd sale del hospital ya sellado”. 

Una dimensión que habíamos conocido en el “Upside down-El otro lado” de la serie de Netflix Stanger things, un universo fantacientifico de narración donde los enfermos desaparecían en el aire.

Los que vive Italia son días monocordes, sin ritmo, sin futuro, hechos por una ritualidad forzada que se enfrenta con los miedos ancenstrales del hombre y con la calidad de las horas que pasan. “El tiempo es un problema que va más allá de la literatura y envuelve la esencia misma del hombre. El vocabulario humano es incapaz de aprehender la esencia del tiempo”, decía Julio Cortázar en su Clase de literatura a la Universidad de Berkeley en el 1980. Para romper la monotonía y respirar la atmósfera de esta “Roma ciudad encerrada”, su aire increíblemente limpio y libre de smog, para ver en la cara a quienes siguen trabajando, una farmacéutica de un barrio popular y populoso de la zona Sur de la ciudad, con más de treinta años de experiencia, cuenta: 

—La primera novedad fueron las colas fuera de la farmacia, el cierre temprano y los locales equipados con pantallas de vidrio. Trabajamos en un clima de tensión, porque los pacientes perciben la invisibilidad de un enemigo como un peligro. Cuando surgen obstáculos burocráticos difíciles de superar en un momento de emergencia, la conflictividad en la comunicación aumenta.



A pocas paradas de subte, hay (obviamente cerrada) una consultoría familiar del mundo privado-social.

—Antes de los decretos del Gobierno, a pesar de la garantía de mantener las distancias de seguridad, muchos pacientes ya habían cancelado sus encuentros -dice la psicóloga Tiziana Lania-. Quedarse en casa en estos días puede ser la ocasión de redescubrir experiencias y emociones relacionadas con la esfera familiar, al mismo tiempo el riesgo es la intensificación de dinámicas disfuncionales domésticas. Además, no podemos tratar, con una terapia online, las experiencias conectadas a la hipocondría y sobre todo al miedo, el gran tema de estos días. 

Sí, el miedo. El 15 de marzo, siempre en el semanal L’Espresso, la filósofa Donatella di Cesare explicaba la naturaleza de la “fobocracia” –probablemente “la palabra llave de la gobernancia neoliberal”–: “Hoy el miedo está en la atmósfera”. En esa atmósfera hay la posibilidad de no poder caminar libremente, de contraer el virus, de ver las calles militarizadas, de permanecer desempleados, se podría agregar. “Todos saben dónde están todos, en casa: es el panóptico universal”, dijo el 13 marzo el intelectual Adriano Sofri de la columnas de Il Foglio. En las páginas de ese diario, Sofri denunció vigorosamente ante la opinión pública italiana las condiciones de un universo donde el coronavirus ya se manifestó con su carga subversiva. El lugar de la vigilancia y del castigo. La cárcel. Trece muertos (dos italianos y once extranjeros) es el balance aún incierto de motines provocados por 6.000 detenidos en 26 institutos al comienzo de la epidemia. Todo empezó después de conocer las medidas del gobierno para luchar contra el virus que inevitablemente afectarían las posibilidades de verse con sus familias. Además, el 31 de marzo el Departamento de Administración Penitenciaria del Ministerio de la Justicia informó que hay 116 agentes y 19 detenidos enfermos por el CoVid-19. Dos días después, en un hospital de Bolonia se registró el primer recluso fallecido por el virus. Los datos del Ministerio dicen que la población canceraría italiana es de 61.230 personas pero la capacidad es de 50.931. En la cárcel de Modena, la que hubo 9 víctimas durante los levantamientos, viven 548 personas. El máximo permitido es 369.

El virus nos está desnudando, ayudándonos a conocer el estado de salud de nuestra sociedad. Alessandro Manzoni, escritor, poeta y dramaturgo del siglo XIX, en su obra más famosa escribió que mientras la epidemia está furiosa, es hora de “observar, escuchar, comparar, pensar antes de hablar”. Se titulaba Los novios, historia milanesa del siglo XVI y sigue siendo una piedra angular de la literatura italiana. El primer ministro Giuseppe Conte la citó, en otro pasaje, en su discurso al Parlamento del 25 de marzo. La novela estaba ambientada en Lombardia y dos capítulos eran dedicados a la La gran plaga de Milán, la Peste del 1630.

Andrea Meccia, 3 aprile 2020

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